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Primera página del relato

AVISO- En el archivo de JULIO he puesto un post de CRONOLOGÍA. En él se hace el resumen de personajes y fechas ordenadas, para poder seguir mejor la historia.

Capítulo 48




Resumen de lo publicado- En el CAP.   17,   Rocío registra un armario del despacho de sus abuelos, y encuentra el cuadro de “SUSANA Y LOS VIEJOS”, escondido desde hacía muchos años. Dicho cuadro fue vendido por Alicia para obtener dinero para la fianza de Álvaro, cuando estaba en Carabanchel. Su tío Pedro le cuenta que su padre logró desempeñarlo, y le pide que lo guarde en su armario y guarde el secreto. No quiere que Alicia se altere más de la cuenta en los delicados momentos que atraviesa.

Capítulo 48.
Madrid, 1.989.


-¡Dame eso!
-¡JA, JA! ¡Ven aquí a buscarlo!
-¡Qué me lo des, te digo! ¡Ven aquí!

Rocío salía corriendo detrás de Javier, su hermano, con quien se llevaba dos años, y que estaba en su momento más intenso de incordio fraternal adolescente. Javier llevaba en la mano una cinta de cassette del grupo “MECANO” que le había quitado a su hermana cinco minutos antes. Sus padres estaban trabajando en el hospital y habían dejado a los niños en casa con la abuela, hasta que llegara Remedios, la enfermera, a cuidar de Alicia. Aunque ésta se encontraba relativamente estable, Ana no quería dejar a su madre sola con sus dos hijos adolescentes. Con Remedios, la enfermera, al menos  tenía la seguridad de que no pasaría nada que ella no supiera resolver desde el punto de vista médico. Amiga desde hacía varios años primero, y compañera suya en el hospital después, Remedios era ahora una mujer desconocida, y no la niña asustada y sin perspectivas que fue hacía varios años, cuando fusilaron a su padre en la cárcel y la familia se quedó en la calle sin recursos. Álvaro ofreció ayuda a la familia de Diego, su compañero en Carabanchel, les ayudó a salir del bache y costeó los estudios de sus hijos.  Pero aún faltaba un rato para que Remedios llegara, Alicia dormitaba, y los hermanos se incordiaban a sus anchas en la casa, como buenos adolescentes.

-¡Haz el favor de dármela ya! ¡No es mía! ¡Como me la rompas te vas a enterar!
-Ya sé que no es tuya. Es de Enrique, tu novio. ¡Rocío tiene no-vioooo, Rocío tiene no-vioooo!!!
-¡Te la vas a ganar cuando venga mamá, ya verás!
-¡Rocío tiene novioooo, Rocío tiene novioooo!!!
-¡Imbécil! …Y no tengo novio…. ¡¡dame ya la cinta!!


El niño salía de nuevo corriendo alrededor del sofá enarbolando la cinta en una mano, mientras su hermana intentaba cogerle dando vueltas al mismo. La puerta de al lado movió el picaporte. Alicia asomó lentamente pos la puerta, envuelta en su toquilla, cosa que pasó desapercibida a los hermanos, enfrascados en su pelea de adolescentes.

-¡¡Qué me la des de una vez!!
Javier hizo un quiebro y esquivó a Rocío, para luego meterse en su dormitorio. Un ruido de cosas cayéndose al suelo le sucedió.

-¡¡Ayyy!!
Rocío entró inmediatamente después. Al ver la cinta de Mecano tirada en el suelo, le faltó tiempo para cogerla y ponerla a buen recaudo.

-¡Trae ya, hombre!
-¡Ayyyy, mi mano…! ¡Tienes el cuarto hecho una porquería, mira como está todo, me he caído por tu culpa, aaayyyyyy……!

-¡Pues no habérmela quitado! ¡Si ahora te has caído, te aguantas! Tú te lo has buscado.
-¡Qué me he hecho daño de verdad, tonta…!
-¡Imbécil! Pues no haber entrado.
-Te la vas a ganar.
-¡Uy, qué miedo me das…!

-A ver… Déjame que te vea la mano.

Los dos hermanos volvieron la cabeza. La voz de su abuela asomaba por la puerta.

-¿Dónde te duele?- Alicia le preguntaba con voz dulce, cogiéndole de la mano.
-Ahí… al lado de la muñeca, seguro que me la he roto, aaayyyy…-el adolescente lloriqueaba poniéndose mimoso con su abuela.

-Ya está… no creo que te hayas lastimado nada, ¿ves? ¿A que ya se te va pasando?
-Ay… no, abuela, me duele mucho… he tropezado con los trastos que tiene Rocío tirados por el suelo…
-¡UY! ¡Qué mentiroso! Si las cosas las has tirado tú al entrar corriendo. Yo las tenía ordenadas.

-¡Mentira! Estaba todo por en medio.
-¡Pero serás…!
-Venga… niños… no empecéis otra vez…-Alicia le masajeaba la mano a su nieto.

-He tropezado con este rollo, jolín… lo tienes todo por medio…
-¡Eso estaba dentro del armario! ¿Por qué lo has sacado? ¡Me has estado registrando!
-¡Mentira!
-Me has registrado todo el cuarto para ver si encontrabas cosas de Enrique. Eres un imbécil. Y un crío. Eres un inmaduro. Te odio.
-Yo no te he registrado! Se ha caído solo, al abrir las puertas.
-¿Lo ves? Si tú mismo te delatas…

-Bueno… niños…. Ya está bien - Alicia no sabía cómo meter una palabra de canto en la discusión de los adolescentes.


-No está bien registrar en el armario de tu hermana, Javier. Y menos con las cosas de sus estudios.
-Si no son de sus estudios, abuela…

-¡Cállate, imbécil!
-… es un poster  que tiene Rocío…
-…¡qué te calles, he dicho!...
-…se lo habrá regalado su novio…
-..¡eres imbécil! ¡no tienes ni idea de nada!
-¡Rocío tiene novio! ¡Rocío tiene novio!

Javier se ponía de pie y salía corriendo del  dormitorio dejando a su abuela boquiabierta. La mano se le había curado milagrosamente.


Rocío se apresuró a recoger aquel rollo con el que había tropezado su hermano. Esperaba que su abuela no se hubiera dado cuenta.
-¿Qué es eso?
-Nada, abuela…
-¿Es un trabajo del instituto?
-Sí, abuela, algo así…
-Déjame que mire…

-No, abuela, ya lo recojo yo, si…
-Rocío…
-Trae, abuela, si esto no…
-¿Esto qué es? Esto no es un trabajo del instituto, ¿verdad?

Alicia cogía aquel rollo que le era extrañamente familiar. No podía ser, después de tantos años, que ya ni se acordaba de aquello.
-Abuela, no hace falta que…
-Dios mío… Rocío, ¿de dónde has sacado esto? Dime la verdad….
Alicia abría el extremo superior del cilindro de cartón y sacaba su contenido. Era él. El cuadro de “SUSANA Y LOS VIEJOS”.

-Abuela, no deberías estar aquí. Tienes que descansar, anda, vamos a la cama.
-¡Dime primero de dónde has sacado esto!

Rocío se detuvo un  momento antes de soltarlo. No tenía sentido mentirle a su abuela después de que ella lo hubiera descubierto.

-Lo encontré hace unos días, en el altillo del armario del despacho. Y lo escondí aquí, no sé porqué. Me lo dijo el tío.
-¿El tío Pedro? ¿Sabe él que está aquí? ¿Qué sabes del cuadro? ¿Qué ha pasado con él, que hace aquí? ¿Y  por qué nadie me ha dicho nada en todo éste tiempo?

De repente, Alicia tuvo un leve mareo que le hizo llevarse la mano a la cabeza. Rocío se asustó. Su madre les había dicho a los niños que se portaran bien y no le dieran disgustos a su abuela.
-Abuela… ¿qué te pasa? 

-No es nada… es la impresión… ven, ayúdame a ponerme de pie, llévame a la cama. ¡Pero trae eso! ¡Trae el cuadro conmigo! Quiero volver a verlo… tantos años y ahora esto…

Rocío ayudó con suavidad a su abuela y la condujo hasta su cuarto. La niña estaba azorada de pensar que con la impresión de lo que había descubierto, el estado de su abuela empeorase. Y todo por una dichosa cinta de Mecano que le había dejado un amigo suyo. Ayudó a su abuela a meterse en la cama y le pasó las mantas. Alicia se echó. Parecía cansada.

-Tráemelo, por favor.

Rocío obedeció. Con cuidado, cogió el rollo de cartón que albergaba el cuadro de “SUSANA Y LOS VIEJOS” y que llevaba más de cuarenta años escondido.

-¡Ábrelo! ¡Quiero volver a verlo! Ése cuadro era de mi padre, de tu bisabuelo Joaquín. Fue lo único que me quedó suyo, de recuerdo. Estuvo colgado en casa de mis tíos cuando estuve viviendo con ellos, al morir él. La tía Regina me lo devolvió  al poco de casarme con tu abuelo. Lo tuvimos guardado en el rollo, no quise colgarlo en el salón de casa, no sé por qué… pero no me apetecía verlo colgado. Me traía recuerdos funestos del pasado. Veía el cuadro, la inocencia de Susana, y las miradas lascivas que le rodeaban, y…. dios mío…cuánto tiempo…


Rocío desenrollaba el cuadro con cuidado delante de su abuela, mientras ella continuaba hablando.






-… un buen día lo llevamos tu abuela Marcela y yo a la casa de empeños… hacía falta dinero, tu abuelo estaba en la cárcel, y pedían una fianza altísima para dejarlo salir fuera… yo no lo dudé ni un momento, acudimos al cuadro. El cuadro, por tu abuelo. Y en la casa de empeños nos mandaron a un comprador que estaba interesado, nos dijeron que nos pagaría más por él.

Rocío se emocionó levemente al volver a recordar a su abuelo y sus vivencias en la cárcel.

-…cuando salió de la cárcel me prometió que lo recuperaríamos, que en cuanto fuera posible lo recompraría, daría con él. Pero yo no quise. Le dije que no, no sé muy bien por qué. Creo que pensaba que si el cuadro volvía a estar en la casa, él tendría que irse… ya sé que parece una tontería, pero al dejar atrás el cuadro sentía que me liberaba de una parte de mi vida que no me traía sino recuerdos amargos… Además, iba a ser casi imposible recomprarlo a alguien que lo acaba de comprar…

Rocío callaba. Podía entender perfectamente a su abuela.

-…ahora creo que empiezo a comprender algunas cosas… ¿qué sabes tú, Rocío? ¿qué es lo que te han dicho del cuadro?

-Abuela… es que me han dicho que no te diga nada… el tío Pedro no quiere que te pongas nerviosa.

-Rocío, por favor…  que ya no tengo tres años. ¿Crees que me sobra tiempo para estar con tonterías? Si he visto crecer a tu tío Pedro desde que llevaba pantalones cortos…

-Abuela, por favor, no hables así… te lo diré, me parece justo que lo sepas, aunque tampoco es que yo esté muy enterada.

-Ven, ponte cerca de mí- Alicia atrajo hacia sí a su nieta. Quería escucharla bien.

-Verás, abuela… el tío Pedro me dijo que el abuelo localizó al hombre que os lo compró, de casualidad. Y que también dio la casualidad de que el hombre tenía apuros económicos y en ese momento quería vender cosas suyas. El abuelo le compró el cuadro. Y seguramente pensó en decírtelo, abuela, pero nunca vio el momento. Y esperando, esperando… Me dijo que el cuadro fue empeñado varias veces más, a escondidas de ti, cuando hicieron falta cantidades importantes de dinero en efectivo.

-Pero si nunca tuvimos problemas económicos, cuando él ya salió de la cárc…

Alicia se detuvo en seco. Se acababa de dar cuenta.

-No, abuela. Eso era lo que tú creías. Pero el dinero del empeño del cuadro fue pagando cosas: los estudios de los hijos de Diego, Reme y Fermín, la fianza de Mati, tu billete de avión y depósitos para tu Congreso de Mujeres Juristas, las primeras ediciones de los libros del abuelo, el doctorado del tío… El abuelo reunía la cantidad necesaria con el tiempo, y de nuevo lo desempeñaba y lo guardaba. Y así, hasta la próxima.

-Y  yo que llegué a pensar que tenía negocios turbios, que me ocultaba cosas… y sólo quería protegerme.
-Pedro me dijo que te vio tan decidida a no recuperarlo que entendió que no querías volver a verlo.
-¿Y cómo sabe eso Pedro?

-Se lo dijo el abuelo un día, cuando Pedro ya era mayor y estaba casado. Le pidió que guardara el secreto.
Alicia suspiró.
-¿Quién más lo sabe? ¿Lo sabe la tía Mati?

-Creo que no, abuela. Sólo el tío Pedro y mamá. Bueno, y yo, que me lo encontré por casualidad, mientras miraba que había en los armarios.
Rocío se ruborizó el confesar que había estado registrando.


-¿Por qué no me lo dijiste…?-Alicia le hablaba a un Álvaro que ya no estaba con ella. Rocío guardó un respetuoso silencio. Los recuerdos acudían de golpe a la mente de su abuela, que estaba asimilándolos. 

Durante un rato, abuela y nieta permanecieron en silencio, mirando al vacío, absortas en sus pensamientos. Alicia se enjugó una lágrima.
-Abuela… yo no quiero que te pongas triste ahora…
-Ay… mi niña… no estoy triste. Es que esto me ha sorprendido. Ven.
Alicia quiso cambiar de tema para no preocupar a su nieta.
 
-¿Te has acordado hoy del canario? ¿Le has puesto comida? ¿Y lechuga fresca?
-Sí, abuela, y agua limpia, para que se bañe.
-¿Y el bizcocho?
-Sí, abuela. También le he puesto bizcocho.


Rocío recordó a su abuelo. Él era el encargado de ocuparse del pájaro cuando aún vivía.
-Muy bien, mi niña. Mira, ¿lo estás oyendo cantar?
Rocío sonrió. Era su abuela la que le animaba a ella al intentar cambiar de tema.

-Oye, abuela…
-Dime
-¿Te puedo hacer una pregunta?
-Claro. Dime.
-Es que… verás, yo….
-Dime…
-Es que… no sé muy bien cómo…
-Anda, dímelo sin miedo… te prometo que te guardaré el secreto…

Alicia intuía que su nieta iba a preguntarle sobre algún asunto relacionado con los amores. Últimamente andaba de cabeza con el tema, un chico compañero de clase la llamaba casi todos los días, y Rocío parecía haber olvidado definitivamente el tema de la agencia de modelos.

-¿Cómo se…? Oye abuela…
-Dimeeeeee…
Rocío no sabía ni como formular la pregunta
-¿Cómo sabías tú que el abuelo era el hombre de tu vida?
-….-
-¡ja, ja, ja!

La pregunta tan simple de la nieta hizo carcajear a la abuela, provocando el acaloramiento de la susodicha.
-Abuela… pero no te rías…
-¡Ay mi niña! ¡Qué gracia que tienes y qué bonita eres! ¡Ven aquí!
-Ainss…abuela…

Alicia le decía la misma retahíla que cuando era una niña pequeña, y Rocío se resistía con todas sus fuerzas.
-Verás… en realidad, eso no lo sabes nunca.
-¿Ah, no?

-No. Tú quieres a una persona, sientes que la necesitas, que no podrías vivir sin ella, que quieres tenerla cerca de ti las veinticuatro horas del día. Eso es amor, Rocío. ¿No te has enamorado nunca?
-Abuela….- Rocío se ponía de color encarnado.

-Pero esa relación es como una planta que siembras en la maceta. Tienes que cuidarla todos los días, ponerla al sol, regarla con cuidado. Porque si la descuidas, la pierdes para siempre.

-Entonces, ¿cómo se sabe si la persona de quién estás enamorada es la adecuada? ¿Cómo sabes si es el hombre con quién quieres pasar el resto de tu vida? ¿Y si te equivocas?

-No lo sabes, mi niña. Simplemente le quieres. Y luego viene todo lo demás. Pero tú tienes que ayudar un poquito. Si quieres a alguien, tienes que luchar por esa persona durante toda tu vida, con todas tus fuerzas.
-¿Y eso como se hace, abuela?

-Tienes que ver por sus ojos, y él por los tuyos.

Rocío pensaba en sus abuelos. Nunca vio un mal gesto entre ellos desde que tuvo uso de razón. Siempre les recordaba juntos, paseando con los nietos e hijos pequeños. Durante los años 70, tanto Alicia como Álvaro disminuyeron su actividad profesional y dedicaron más tiempo a la familia, que crecía. Rocío les recordaba en destellos fugaces de memoria, dándose una caricia o mirándose con ternura. Cuando era más pequeña decía que quería tener un marido como su abuelo.

-¿Y nunca os peleabais, abuela?
-Claro que nos peleábamos. Y discutíamos. Todos los matrimonios discuten.
-¿Ah, sí? Pues yo nunca os vi pelearos.

-¡Claro que lo hacíamos! Pero tu abuelo y yo ya nos conocíamos muy bien. En realidad, nos conocíamos tan bien que sabíamos casi exactamente qué es lo que le disgustaría al otro, y de ese modo evitábamos hacerlo. Así cada vez discutíamos menos. Al final, llegamos a ser casi como un equipo. Tu abuelo fue un hombre maravilloso.

El timbre del portero automático sonó. Rocío se levantó como un resorte para abrir, antes de que su hermano lo hiciera primero, tras venir corriendo desde su cuarto.

-¡Lárgate! ¡Es para mí!
-¡¡Rocío tiene no-vio!! ¡¡Rocío tiene no-vio!!
-¡Qué te calles, pesado!
Rocío contestaba al portero automático mientras su hermano se metía de nuevo en su cuarto cantando para chincharla. Alicia le oía contestar desde el dormitorio.

-Si… pero es que… es que estoy con mi abuela y no la puedo dejar sola, y….

Alicia se quedó pensativa. Sin duda era Enrique, el chico que últimamente llamaba a Rocío por teléfono y que alguna vez había subido a casa, a estudiar con ella, provocando el cachondeo de su hermano pequeño. Alicia no quería que Rocío se privase de salir por ella.
-¿Quién era?

-Nada, abuela, un amigo, pero ya se ha ido.
-Rocío… anda…
-Dime, abuela.

-Ayúdame a acostarme, quiero dormir un rato, tranquila, me ha dado sueño. Y no te preocupes por mí. Pero corre y dile a ese chico que te espere. Lía el cuadro y guárdalo en el rollo.

Rocío obedeció. Metió el cuadro dentro de su embalaje protector y lo depositó en el suelo de pie, apoyado en el armario de la habitación.
-¿así?

Alicia asintió.
-y ahora, corre y vete con ese chico que te ha llamado. Seguro que te está esperando abajo.
-No, abuela, no pasa nada, si ya se ha ido. Me quedaré aquí.
-Rocío, ven, asómate a la ventana.
Rocío obedeció. Desde la ventana del dormitorio de su abuela, se divisaba toda la plaza peatonal. En efecto, Enrique estaba allí, sentado en la cafetería. 

-No se ha ido, ¿Verdad?
-No…
-Pues ¿a qué esperas? Corre, y vete con él. Te está esperando.
-¿Pero tú estás bien, abuela?
-Claro que estoy bien. Además, pronto vendrá Remedios. Y se queda tu hermano conmigo. ¡Anda, no pierdas más tiempo!
-¡Vale!

Rocío corrió a ponerse los zapatos  y la chaqueta. La niña no podía disimular su entusiasmo.
-¿No se te olvida algo?
-ay, abuela, claro…
Rocío volvió sobre sus pasos y le dio un beso a su abuela.
-Y ahora, corre… vete ya. Y luego me lo tienes que contar todo, acuérdate.
-Ay, abuela… si no hay nada que contar…- Rocío se volvió a poner de color encarnado, antes de salir por la puerta sin poder disimular su emoción.


Alicia se arrebujó en las mantas, mirando a una de las butacas, que estaba vacía.
-Se nos ha enamorado la niña, ¿te acuerdas? Y parece que fue ayer cuando nació…














Luego cerró los ojos. En aquella butaca no había nadie.

Fin del capítulo.
Continuará…


Capítulo 47




Capítulo 47.
Madrid, Mayo de 1.970. Sábado por la mañana.



-¡Ja, ja, ja..! ¡Mira, mira éste…!

Claudia  y Mercedes, las hermanas gemelas, señalaban una de las fotos de las fichas de alumnos de su padre, en concreto, la de un alumno que no se había cortado el pelo seguramente desde Mayo del 68. Las muchachas se habían metido por “casualidad” en el despacho de la casa, y ahora se dedicaban a husmear en el archivador de fichas de su padre, aprovechando que éste estaba en Toulusse, en un seminario. El “catálogo de especímenes diversos”  que tenían allí, como decían ellas, les tenía muy entretenidas a las adolescentes que estaban entrando en la edad del pavo con toda la energía de que eran capaces a sus catorce años recién cumplidos. 



-¡Ja, ja, ja! ¡Si parece el león de la Metro! ¡Y mira éste que bigotillo tiene! Parece Charlot….
-¡Pasa, pasa la hoja… vamos a seguir mirando….! Mira éste… ¡qué barbazas más grandes tiene, jaja! Si hasta da susto mirarle.

-Entre los pelos y las barbas, parece un perro de esos, de lanas.
-¡¡¡JA JA JA JA ¡!!

A las carcajadas de las chicas sucedió una voz que llamaba al orden desde la otra punta de la casa.

-¡Niñas! ¿Qué hacéis dando esas voces? Vais a despertar a vuestro hermano.

La voz de Doña Marcela preguntaba desde la cocina.

-Nada, abuela. Estamos aquí, ordenando el despacho- contestó Claudia, disimulando.

-Haced el favor de venid aquí a ayudarme. A tu padre no le gusta que le muevan sus cosas, ya lo sabéis.

-¡Ya vamos, abuelaaaa!-Mercedes contestó perezosamente, sin mucha intención de obedecer de inmediato. Estaba claro que para las adolescentes, las fotos de los alumnos de su padre  con  sus melenas le resultaban más interesantes que ayudar a su abuela a liar las croquetas.


El ruido de las llaves de la puerta les hizo dar un carpetazo y ponerse en posición de revista. Alicia entraba por la puerta acompañada de su hija mayor, Ana, con bolsas de compras, en una conversación que se presumía acalorada, por el ímpetu de ambas.

-…¿Y dónde has dicho que te vas?
-A Ibiza, mamá. En las Islas Baleares.

-Sí, sí… sé de sobra que Ibiza está en las Islas Baleares, hija. Hasta ahí llego.

Alicia miraba pasmada a su hija. Aún no se lo podía creer lo que le estaba diciendo. Aquel Sábado  que Alicia había aprovechado para darse un descanso, en plena tarea de revisión del Código Civil con el resto de sus colegas juristas, entre reunión y reunión,  ése sábado que Alicia dejó libre para atender su casa y estar con sus hijos, su hija mayor se lo iba a poner difícil.

-Te lo he dicho, hemos alquilado una casa, entre unos amigos, y vamos a pasar allí el verano.
-¿El verano entero?
-Sí, mamá. Desde Junio hasta Septiembre.

-Pero hija, eso es mucho tiempo… y  supone mucho dinero.

-No hay problema, mamá. Lo tenemos todo pensado. Venderemos artesanía fabricada por nosotros mismos. Pulseras, collares, bolsos… Se vende muy bien, todo el mundo los lleva ahora, es la moda. Inés sabe hacerlo.
-¿Inés? ¿Qué Inés?
-Inés Alcántara. La chica que estuvo aquí el otro día, mamá, ya la conoces.


-Ah, sí, Inés alcántara. La del vestido de flores y los pendientes de margaritas, ya, ya…… y vais a vender artesanía….claro…. y con eso vais a manteneros durante tres meses en Ibiza, comiendo, y  en un piso de alquiler. ¿Lo he entendido bien?

-Sí, mamá. Y no es para tanto. Todos los chicos se van a Ibiza. Dicen que es increíble la experiencia.

-¡Ah! Pues mira, menos mal que todos los chicos no les da por tirarse por la ventana. ¿Y se puede saber qué se te ha perdido a ti en Ibiza? ¿Qué vas a hacer en Ibiza que no puedas hacer aquí, en Madrid?

Asomadas en el tranco de la puerta del pasillo, las gemelas se hallaban con los ojos abiertos como platos contemplando la escena  de la discusión entre su madre y su  hermana, sin que ninguna de las protagonistas del cuadro se percatara.  En medio de ambas, Doña Marcela con el delantal puesto, también miraba a madre e hija con la boca abierta y las manos llenas de harina y de una croqueta a medio liar.

****************************************

Unos días más tarde, con Álvaro de vuelta del Seminario Internacional sobre Derecho Romano, , Alicia hablaba con su marido en la intimidad del dormitorio

-Álvaro, tienes que decirle algo. Pero si es una cría. ¿Cómo se va a ir sola tan lejos? Y encima aprovecha para decírmelo cuando tú no estás. ¡No sabe nada esta niña…!

-Pero no se va sola. Va con unos amigos.  Va con ella… como es ése chico… ¿Rafa? El que queda con ella por las tardes, ése que también quiere estudiar Medicina… ¿no? Aunque todavía no nos lo ha presentado.

-Si, va con ellos, Rafa, es lo único que me gusta de todo esto. Pero Álvaro, por dios…. Menuda panda, si algunos parece que ni siquiera se lavan… No, tienes que decirle que no… no se puede ir. Sólo tiene dieciocho años. Dentro de poco va a empezar a estudiar Medicina. ¿Qué hace pensando en las musarañas?
-Anda, ¿y por qué no se lo dices tú, que eres su madre?

-Tú te vas a imponer mejor, a mí ya me toma por el pito del sereno. Pues no va y me dice que no me está pidiendo permiso, que sólo me informa. Vamos, que se va de todas, todas, con mi permiso o sin él. Dice que si no le dejamos es capaz de irse por su cuenta, y que ya se buscará la vida. Esto es increíble.

Álvaro también le dolía la independencia de su niña, pero era más pragmático. Al fin y al cabo, veía las mismas historias todos los días en sus clases, sentadas frente a él.
-Esto tenía que llegar algún día.

-Álvaro, por dios, que solo tiene dieciocho años, que va a empezar una carrera el curso que viene… y.. ¡¡que no, ea… que no se va!!  Pero ¿quién se ha creído esta mocosa que es? Si es un mico. Sólo tiene dieciocho años…

Álvaro rompió a reir.

-A esa edad ya venías tú a mi despacho a contarme tus deseos de independencia, porque considerabas que ya podías decidir. ¿No recuerdas?

Alicia se quedó parada. Sí, claro que recordaba todo, pero no era lo mismo, al menos según ella.
-Álvaro, no es lo mismo.
-¿Ah, no?

-No. Éramos otra generación, otras circunstancias… Además, yo era huérfana y no tenía a nadie…si hubiese vivido mi padre jamás me hubiese ido de casa…

Alicia se detuvo un momento al recordar aquello. Parecía que fue ayer cuando acudía al despacho de su entonces profesor a contarle todo lo que le sucedía en la casa de sus tíos.

-Además, es que no se puede comparar, lo mires por donde lo mires. Yo no pensé en irme a Ibiza a vender pulseritas de cuero. Y en mi generación a su misma edad, éramos mucho más maduros.
Doña Marcela rió para sus adentros al oir la última frase de Alicia, mientras pasaba por el pasillo. Ese disco ya lo conocía ella de sobra.

-Algo parecido le pasó a Francisco con sus hijos. Se le fueron a recorrer mundo el año pasado.
-¿Ah, sí?

Álvaro se refería a su amigo, el periodista, con quien compartió encierro y  penurias cuando estuvieron detenidos en Carabanchel.

-Sí.  Empezaron por irse a Ibiza, y luego llamaron desde allí para decir que se iban a la India. Le dijeron que tenían que “encontrarse a sí mismos”, algo así. Estuvieron en la Inidia casi seis meses. De hecho, es el sueño de la mitad de los alumnos que tengo. Ahora les ha dado a todos los chicos por eso de “encontrarse a sí mismos”, “vivir la espiritualidad de Oriente”… qué sé yo… Y los hijos de Francisco no han sido menos.

-Encontrarse a sí mismos, encontrarse a sí mismos…. En nuestros tiempos no andábamos con estas tonterías porque bastante teníamos con lo que ya teníamos. ¿Y cómo volvieron de allí? ¿Se encontraron a sí mismos, o aún siguen intentándolo?

Álvaro rió con una carcajada ante la ironía de su mujer, mezclada de enfado y de resignación ante una situación que no esperaba: la independencia de su hija.

-Pues imagínate cuando fue a buscarles al aeropuerto, casi ni les conoce. Las chicas vinieron  sin sujetadores, y los chicos, con barbas y pelos largos. Ahora es la moda así. Dicen que es más natural. Y mira, me alegro que así sea. Hasta hace nada, si ibas con esas pintas por la calle te podían detener por vago y maleante.
                










-Pero Álvaro, cómo me puedes decir eso? Lo que me faltaba, que la niña acabase recorriendo el mundo, con esos … ¿hipiies?. O  como se llamen. Eso nos pasa por darle demasiada libertad. Si lo llego a saber, la ato más corta. La teníamos que haber llevado a estudiar con las monjas.  Seguro que no nos vendría con estas tonterías de independencia.


-Pero Alicia… ¿tú sabes lo que estás diciendo? ¿no estás exagerando un poco? Ana siempre ha sido una chica responsable y juiciosa. Le hemos dado lo que hemos considerado conveniente y ella ha actuado siempre bien. Mira Pedro.

Pedro ya terminó Derecho hacía varios años, y se encontraba ahora preparando el doctorado, mientras empezaba trabajar de pasante en el despacho de Eduardo, al igual que hizo Alicia no hacía tantos años. Por el camino, le había dado tiempo a casarse y a tener un hermoso niño que ahora tenía dos años, como su hermano pequeño Miguel, y su mujer estaba esperando otro que llegaría en Diciembre.

-Sí, pero a Pedro no le ha dado por cometer ninguna locura, siempre ha sido un chico muy sensato. Ahí lo tienes, lo formal que es.

-Y Ana también, aunque de vez en cuando diga “aquí estoy yo”. Siempre ha sido una niña con mucho genio, ¿No recuerdas cuando era un bebé? Si parece que fue ayer cuando estábamos en Salamanca, paseándola por el río.

Alicia recordó con una sonrisa las carreras detrás de Ana y de los patos, a orillas del Tormes.

 -Alicia, es duro ver que los hijos crecen y se empiezan a ir, pero es ley de vida y algún día llega a todos. No te preocupes por Ana, es una buena chica. AL igual que sus hermanas, que vienen detrás.

-No te entiendo…. ¿Pero cómo puedes estar tan tranquilo cuando tu hija te dice que se larga de casa? Y las hermanas, ése es otro tema… Menudo ejemplo les va a dar, con la edad tan difícil que tienen. ¿Pero no ves que si Ana se va a Ibiza, el verano que viene se nos van las otras detrás, a “encontrarse a sí mismas”?

***********************


A los pocos días, Alicia respiró momentáneamente cuando Ana les comunicó la buena nueva:
-Ya no nos vamos a Ibiza, mamá.

-¡Anda! ¡No me lo digas! ¿Y eso?

-Es que el casero se ha echado atrás y no nos alquila la casa. Así que  Inés y su grupo de amigos han decidido irse a otro sitio, a una comuna que hay allí cerca. Pero mis amigos y yo no nos vamos a ir con ellos.
-¡Ay, qué disgusto más grande, hija! Con la ilusión que te hacía…

Alicia daba botes por dentro, aunque intentaba disimularlo.
-Ya ves mamá… pero no pasa nada….
-….-
-….Porque nos vamos a otro sitio.
-¿qué os vais a dónde….?
-…a la Costa Azul!
-¿….?
-Sí. El tío de Darío, el novio de Mariana, Vive allí desde la guerra, se tuvo que exiliar. Y dice que nos deja una parte de la casa. Tiene vistas al mar.

-¡AHHH…!
-Seguro que me encontraré con muchos españoles exiliados, mamá. Dice que hay muchos por esa zona. ¿No te parece increíble? ¡Va a ser una experiencia única!

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-Álvaro, le tienes que decir algo.
-Alicia..
-¿Pero no entiendes que se está saliendo con la suya? Ahora me vende la moto de los exiliados, para que me quede más conforme. ¿Pero esta niña se cree que nos chupamos el dedo o qué? 

-Creo que estás exagerando, Alicia. Sólo se va de vacaciones con sus amigos. Esto iba a pasar tarde o temprano. Pedro hizo lo mismo a su edad. 

-Pero no es lo mismo, Álvaro. Además, Pedro se fue más grande, y siempre se iba a Valencia, con nosotros, aunque estuviera en otro piso con su pandilla.

Alicia también acudió a su hijastro, para que ayudase a “entrar en razón” a su hermana.
-Pedro, por favor, dile algo. A mí ya no me hace caso.

-Sí. Que si pudiera y estuviera soltero, me iba yo con ella.

La citada respuesta, le valió a Pedro un pescozón de su mujer, que se encontraba a su lado, cambiándole al pañal a su hijo, en la mesa de la cocina.

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El último cartucho era Doña Marcela, que se encontraba atendiendo al pequeño Miguel, con dos añitos cumplidos. Tarea vana. La ya  bisabuela,   estaba de vuelta de todo, hasta de la independencia de su nieta mayor.

-Mira hija, la niña está empezando a volar lejos del nido. Esto tenía que pasar un día u otro.  Lo ha hecho Pedro, lo hará ella… lo hará hasta éste que tengo aquí, cuando le llegue la hora…. Claro que a éste chiquitín seguramente no lo veré… ¡ay, mi niño, que guapo es!

Marcela la hacía una carantoña a su nieto Miguel, que en ese mismo momento  estaba desarrollando su motricidad manual fina y comprobando por sí mismo las texturas de los materiales, haciendo tiras  la última revista de leyes de su padre, más concretamente, la sección donde salía publicado un artículo suyo.

-Pero se va a ir con chicos y chicas que no conocemos, a un sitio que no conocemos, a ganarse la vida de cualquier manera… ni siquiera ha aceptado que le demos dinero. Marcela, no podemos dejar que se vaya  quedarnos así.
-Ay, Alicia…. Tu hija ya es mayor, aunque cueste trabajo aceptarlo. Es ley de vida.
-Aún es menor de edad…
-Alicia… que seas precisamente tú la que digas eso…


Alicia, junto a otras tres mujeres juristas, se hallaba incluída en la Comisión de Codificación que estaba revisando el Código Civil, los artículos relativos a las mujeres y  sus derechos legales. 

-“En casa del herrero, cuchillo de palo”… Si por mí fuera, ahora mismo ponía la mayoría de edad de la mujer en los treinta años.

-Ja, ja, ja… Alicia- río Doña Marcela-. Te ciega el amor de madre. Tienes que asumir que tus hijos se irán de tu lado. Aunque no te preocupes, seguro que llegará el día en que los hijos no se irán de casa ni con treinta años.

Doña Marcela tenía en aquella época unas dotes de carividencia que ni ella misma sospechaba.

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Y Ana se fue de veraneo con sus amigos a la Costa Azul. La niña se despidió de sus padres cuando la fueron a recoger en un Citroen 2Cv para irse a la estación, cogió el tren hacia Barcelona, con un escaso macuto y unos pendientes de flores amarillas. Alicia no pegó ojo esa noche. Y algo menos las siguientes, hasta que Ana llamó para decir que habían llegado bien, y que ya les mandaría una postal cada semana.  Pronto llegó Septiembre, y con él el curso universitario y la vuelta de la niña, que venía muy guapa, con un brillo especial en su cara, y su tez morena bronceada por todos lados, exactamente por todos lados. En el baño, Alicia comprobó accidentalmente que su niña no tenía ni una marca de bañador en su cuerpo.

-¡Caramba! ¡Se nota que has estado todo el día al sol! 

-Sí, mamá. Ha sido un gustazo, sentir el sol y el agua en todo tu cuerpo.
-¡Ah! 

-Era precioso, mamá. Íbamos a playas nudistas, sin ningún policía que te dijera nada... La gente se baña sin ropa. Es increíble. Se respiraba la libertad por todos lados.

-¡Sin ropa! ¿Y quiénes estábais en esas playas? ¿Tú y tus amigas?

-Sí, mamá. Y los chicos también. Todos juntos.

-¡AH! ¿Todos juntos? Pues sí que tenéis confianza tú  tu panda, hija, cuánto me alegro…

Alicia pensó para sí misma que le era imposible de imaginar a ella misma compartiendo playa nudista con Camilo, por muy amiguísimo suyo que fuera. 

-Pues sí, mamá, todos juntos. Es increíble. Deberíais probarlo también papá y tú. Es una experiencia única.

El colmo. Ahora además, imaginaba a su marido con ella y Camilo, los tres en la playa de Niza. 

Y tras la cara de sota que se le quedaba a Alicia al incluir en el cuadro imaginario a su marido, Camilo y ella misma bronceándose integralmente en una playa, e imaginar cómo habría sido el veraneo de su niña, quedaba la segunda parte. Las gemelas estaban entrando en la pubertad, y ese era otro frente abierto, frente que ahora era alimentado por las ganas de libertad de la hermana mayor, y el aire feminista que se respiraba en casa con los últimos asuntos legales que su madre se traía entre manos. Menos mal que aquí contó con los refuerzos de la abuela, que no  tragaba con algunas cosas.

-¡Mamá… que no quiero ponerme eso…! Es una incomodidad- se quejaban las gemelas por tener que ponerse el sujetador. Además, es injusto. ¿Por qué tenemos que llevarlo? Los hombres no lo llevan.

-¡Anda ésta! ¡Pues porque los hombres no tienen pechos! Además a ellos les tocan otras cosas, o qué te crees. Mira tu hermano Pedro, como se tenía que afeitar todas las mañanas. Igual que les tocará a tus hermanos  Jesús y a Miguel cuando crezcan.

-¡Que no, abuela! ¡Que no quiero ponérmelo!

-Pero niña... que te tienes que acostumbrar,  eso es lo que toca y punto. Ya eres una mujer hecha y derecha- contestaba Doña Marcela, alucinada de la rebeldía de las adolescentes.

-Oju.. abuela, que se me clava… además no sirve para nada. Mira Ana, como ya no lo lleva.

-¿Pero cómo que no sirve para nada? 

-Es que el sujetador “esclaviza a la mujer”, abuela- decía Claudia poniendo cara de enterada.
-Y la cosifica”- apuntillaba la otra gemela, que seguramente había leído eso en alguna revista feminista de las que últimamente entraban por casa.

-Pero bueno, lo que me faltaba por oir. Mira hija, las personas decentes y normales llevamos ropa interior por la calle. Tu hermana ya va a empezar Medicina, y allá ella, se acordará de mí cuando le lleguen hasta las rodillas. Y ahora déjate de chiquilladas de mocosa, y ponte el sujetador como está mandado. En mi época tenías que haber nacido, con los refajos y las enaguas que teníamos que llevar… Que no, ea, que conmigo no salís a la calle ninguna pegando campanazos…

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Los ánimos fueron tranquilizándose y la vida volviendo a la normalidad poco a poco, conforme transcurría el mes de Septiembre, y Alicia comprobó que su hija se quedaba en casa   no decidía irse a la India a abrir su mente, sino empezar sus estudios en la Facultad de Medicina, como estaba mandado.  Eso sí, Ana acudía a sus primeras clases extrañamente “suelta”, cosa que en pocas semanas no tuvo más remedio que corregir: el pecho le aumentó casi tres tallas, cosa que le pasó desapercibida a Alicia, imbuída en sus asuntos legales, hasta que su hija le dijo:

-Mamá, tengo que deciros algo.
-Espera un momento, hija… ahora me voy, me están esperando…
-Es importante, mamá.
Alicia no quería ni pensar lo que estaba pensando. Álvaro ni se lo imaginaba.

-Es que me caso. Bueno, nos casamos… Rafa y yo… el chico con el que estoy saliendo…
-¿El que vino el otro día?
-Sí. El mismo.
Álvaro prestó atención. EL chico le había causado buena impresión. Además, iba a ser compañero de estudios de su hija, en Medicina.

-Quiere venir a hablar con vosotros, papá. Formalmente. Queremos casarnos.
-…-
-¿que queréis qué?

-Mamá, nos queremos. Queremos estar juntos, y…

-…pero hija, si aún no has empezado a estudiar la carrera. ¿Qué prisa tenéis? Eres muy joven.

-Bueno, mamá. Tú también te casaste muy joven. Además, seguiremos estudiando. Los dos. Rafa está dispuesto a ayudar en todo lo de la casa. Es muy buen chico.

-Si, hija, yo me casé muy joven, pero eran otras circunstancias. Además…

-Mamá…. Ya hemos apalabrado un piso de alquiler. No es muy grande ni muy lujoso, pero no está mal, y con una mano de pintura y un fregado…

-¿Vais a vivir fuera?
-Claro, mamá. 

-A ver, Ana. Todo eso está muy bien, pero ¿cómo vais a ganaros la vida? Independizarse trae consigo muchos gastos.

-Lo sabemos, mamá, pero no hay problema. Venderemos artesanía de nuevo, como hicimos en la Costa Azul.
-… pero hija… a que viene esas prisas…. ¿por qué no acabáis la carrera tranquilamente? Aún sois muy jóvenes.


-Mamá… es que tenemos que casarnos…. Estoy embarazada. Voy a tener un niño, mamá. Y Rafa es su padre.

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La noticia cayó como un jarro de agua fría en los padres de Ana, que no pudieron articular palabra en un rato. Doña Marcela observaba sin decir nada. Ella ya intuía que estaba pasando algo desde que observaba su nieta mayor, que durante los últimos tres días  lo primero que hacía al levantarse por la mañana era irse directa al baño, a vomitar, para luego seguir mareada durante un buen rato, hasta que su abuela le llevaba una manzanilla con limón y la miraba sin decir nada hasta que se le pasaba la náusea. La madre, Alicia, ya hacía dos horas que había abandonado la casa, para llevar los múltiples asuntos de trabajo que tenía últimamente. Alicia llegaba a casa a última hora del día, rendida y exhausta tras interminables reuniones con colegas, abogadas, periodistas y un largo etcétera, y venía con el tiempo justo de cenar y dar las buenas noches a sus hijos. El pequeño Miguel se quedaba despierto en el sillón hasta que llegaba su madre, que lo llevaba a la cama rendido de sueño. Ahora iba a aumentar la familia, y a los padres de Ana les costó lo suyo digerir la noticia. De nuevo, Doña Marcela fue la más pragmática.


-Ha pasado lo que tenía que pasar. Cuando un hombre y una mujer se quieren, pasan estas cosas.


Álvaro, el futuro abuelo, se pasó la noche dando vueltas en la cama, amén de varios días en la facultad en que no daba ni una. Veía hijas embarazadas por todos lados, con cada alumna con barriga que veía. Poco a poco la familia fue asumiendo lo que venía en camino, El novio de la niña acudió a la casa a pedir la mano formalmente, los Iniesta conocieron a sus futuros suegros, y las cosas empezaron a normalizarse, mientras los novios seguían estudiando los libracos de Anatomía de primer curso de Medicina, cada uno en su casa. Ambos estaban deseando vivir juntos, aunque la futura suegra no lo tenía muy claro.


-No sé que es peor, si que se case o que no se case. Va a perder la independencia legal al casarse con ese chico. ¿Y si le va mal con él? No podrá echarse atrás- apuntaba Alicia. Al casarse, Ana dependería legal y económicamente de su marido, como el resto de mujeres casadas de España. 

-¿Y que sea madre soltera?- inquiría Marcela-. No sé, hija… ese chico no se ha desentendido del asunto, ha dado la cara y asumido su responsabilidad de buen grado. Además, ellos quieren casarse y estar juntos. Será  una boda obligada por las circunstancias, pero ellos se quieren, no hay más que verlos cuando están juntos.

Alicia canceló una de sus entrevistas para acompañar a su hija al piso donde querían irse a vivir, con el aval de los padres, puesto que ellos no disponían de recursos.

-Pero hija, ¿dónde os vais a meter?… si esto es una cochambre…

-Es lo único que nos alquilan sin más preguntas mamá. Ninguno de los dos tenemos trabajo fijo, ni contratos.
-¿Y por qué no os quedáis en la casa? Os dejaremos una parte, haremos reforma. Así tendréis intimidad, pero estarás cerca. Tú y tu niño.

-Mamá… es que no queremos depender de nadie, queremos vivir por nuestros propios medios.

-Ana, no seas cabezona. ¿Tú sabes lo que cuesta sacar adelante a un niño pequeño? ¿Qué pasará cuando tengas clases, y exámenes? Por no hablar de las guardias. ¿Cómo lo vas a hacer tú sola?

-Mamá, está Rafa… y lo criaremos con biberón, para que me pueda ayudar.

-¿Y qué? Cómo si el biberón solucionase todos los problemas.  Necesitareis veinte pares de manos para hacer todo. Aún sois muy jóvenes.

-Tú también lo hiciste mamá. ¿Cómo me puedes decir eso? Si tú me criaste mientras terminabas la carrera. Nosotros podremos salir adelante, ya lo verás.

-Hija… precisamente te lo digo porque lo he vivido en mis carnes. ¿Crees que sin ayuda yo sola hubiera podido? Si no es por la ayuda de tu abuela Marcela, no sé qué hubiera hecho. No, miento. Probablemente en este momento no sería la abogada que conoces, ni estaría haciendo lo que estoy haciendo ahora. ¿No estás viendo a tu hermano pequeño? ¿Quién lo está cuidando? Si no es por la tía Mati y la abuela, yo no podría haber salido adelante con cinco hijos y una carrera profesional. Además, incluso yo tuve que parar por varios meses cuando todos nacisteis. Eso es así y no hay más vuelta de hoja, hija. 

Doña Marcela también intervino para convencer a los entusiasmados futuros padres y proyectos de médicos, que sí, que la independencia estaba muy bien, pero cuando no se tiene trabajo, ni estudios, y hay una criatura por venir, no se puede estar soñando en las musarañas. El recibo de la luz y del agua entran llegaban puntuales, y el alquiler estaba por las nubes. Muchas pulseritas de cuero tendrían que vender el par de futuros doctores para poder salvar el mes. Por no hablar de que el piso era una auténtica porquería, por muchas manos de pintura que le diesen. Marcela habló con su nieta y le dijo claramente que un niño no es una maceta, que la responsabilidad es mucha, y que le iban a faltar manos para atender a todo.


-Hija, aquí nos tienes a mí, a la tía Mati, a tus hermanas… si tienes algún examen siempre habrá alguien en casa para ir a tu lado y cuidar de tu niño.

-Abuela, es que queremos independencia.

-¡Y la tendréis! Pero eso no es incompatible con necesitar ayuda. Mira, Ana… ¿Piensas que resulta fácil? ¿Qué a tu madre no le costó trabajo criaros? ¿tú sabes la de veces que lloró tu madre al tener que dejarte en la casa, mientras ella se iba a estudiar? Y eso que te quedabas conmigo, que era la abuela. ¿Qué vas a hacer tú cuando tengas a un bebé que necesita unos brazos que lo acunen, y tú no puedas estar allí? La vida en este país ya es dura para nosotras, y las mujeres de la familia estaremos aquí para ayudarte en todo. Porque el cuento de la “conciliación laboral y familiar” no se lo van a creer ni las mujeres del siglo XXI, eso por descontado…


Poco a poco Ana se fue dejando convencer, cuando empezó a hacer cuentas, empezó a cuadrar horarios, y sobre todo, le entró el primer cuadrante de guardias que tendría que hacer. Su novio, Rafa, también fue sensato. Eso y el nido de cucarachas que vieron en su última visita al piso antes de decidirse, que le hicieron a la futura mamá salir corriendo a vomitar de nuevo, y a decir que antes se iba a vivir debajo de un puente que entrar a vivir en ese piso. Los jóvenes se quedarían en el piso anexo al de los Iniesta, que sería reformado para dar un poco de más independencia a la pareja. Los chicos se casaron mientras los albañiles terminaban las obras, aunque eso sí, con algunas concesiones: Ana no quiso muebles tradicionales. Su cabecero de cama era una esterilla, y ella misma tejió las lámparas de ganchillo. Unos visillos morados remataban el dormitorio, y  los sofás eran colchones que estaban a ras del suelo.


Y Rocío nació en el año 71, mientras sus padres terminaban primero de Medicina, mientras su abuela seguía de reuniones con la Asociación de Mujeres Juristas, y su abuelo empezó a ver publicar sus primeros libros completos, después de más de una década publicando artículos, dando conferencias, e impartiendo cursos y seminarios.  Ana tuvo que interrumpir su carrera por unas semanas, lo que le supuso tener que recuperar asignaturas en Septiembre, mientras Rocío era arrullada por el resto de miembros de la familia, que alternaban con el pequeño Miguel, que miraba curioso a su sobrinita. Pronto, tío y sobrina fueron compañeros de columpios en el parque infantil, bajo la atenta vigilancia de la tía MAti, que solía decir con humor aquello de A quien dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos”,  cuando sacaba a los pequeños a jugar a la calle. Ambos niños hicieron muy buenas migas cuando la diferencia de edad empezaba a hacerse menos patente, y ambos disfrutaban juntos tanto de las tardes de cine infantil los sábados por la tarde, como de las cabalgadas sobre las rodillas de  el papá del uno-abuelo de la otra. A veces, en la calle, los confundían con hermanos.

-No, son tío y sobrina- contestaba la familia cuando le preguntaban por esos niños tan guapos y que se parecían tanto, ante el estupor generalizado de la gente que los veía.

Ana mostraba orgullosa a su hija en la calle. Sin la ayuda de su familia, no habría llegado a donde estaba llegando.

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Los padres de Rocío finalmente terminaron la larga carrera de Medicina. En el camino les dio tiempo a darle un hermanito a Rocío, dos años después,  además de sustituir los visillos morados por algo más convencional, los sofás sobre el suelo por otros donde podía sentarse la gente, y el cabecero de la cama pasó a ser la esterilla de la playa a ser de madera de roble. El piso de Ana fue cambiando a medida que los dos médicos se titulaban, aprobaban las oposiciones, y empezaban a trabajar en el Hospital Central como médicos cirujanos. Ana llegó a hacerse jefa clínica primero, y de sección después, al frente de un equipo de cirujanos en el área de Nefrología. Al inicio de los años 80 ya empezó a realizar con éxito los primeros trasplantes de riñón.


Fin del Capítulo.
Continuará…




Capítulo 46


Capítulo  46
Madrid. Casa familiar de los Iniesta. 1.989.

En homenaje a la ilustre jurista, la Dra. Dª María Telo Núñez, artífice real de los hechos narrados en éste capítulo.


“Haz lo necesario para lograr tu más ardiente deseo,
y acabarás lográndolo”.*


-Rocío…
Alicia llamaba con los nudillos a la puerta del dormitorio de su nieta, cerrada a cal y canto. No obtuvo contestación.
-Rocío….
La puerta se abrió. Una Rocío con síntomas de haber estado llorando, aparecía en ella restregándose los ojos con los puños.
-Dime, abuela.
-¿Me dejas que pase?- inquirió Alicia.
Rocío se azoró. Su abuela le pedía permiso para entrar en su feudo particular.
-Si, Claro, abuela, perdona, pasa…

Alicia entró en el dormitorio de su nieta y se sentó en una de las sillas. Rocío se sentó en su cama, a su lado, sin querer mirarla a la cara.
-Anda, mi niña… cuéntame todo…
Rocío se sorbió el moco con el klinex. La barbilla le temblaba y le costaba hablar.
-..es que…
Alicia la cogió de la mano y la niña empezó a hablar a golpes de voz.


-Jo, abuela… si lo primero que ha hecho el tío es presentarse diciendo que era “mi abogado”. Así, como me van a contratar.
-Precisamente, hija, si es que nadie iba a contratar a nadie…
-Luego les ha pedido nosequé papeles… parecía un guardia civil.
-¿Y los tenían? Los papeles, digo…

-No, se han enfadado. No veas cómo se han puesto y las voces que daban…han discutido, y yo allí en medio, sin saber dónde mirar, quería morirme.
-¿Y por qué se han enfadado, Rocío?
-….-
-Dí…
-Pues porque no tenían ningún papel, abuela, no era ninguna agencia, ni era nada… y se han quedado con mi dinero, con el trabajo que me había costado ahorrarlo…era una estafa, mierda….

Al verbalizar todo lo ocurrido para contárselo a su abuela, Rocío recobró la cordura



La niña se echó a llorar. Alicia acarició la cara de su nieta, que estaba mitad compungida, mitad avergonzada por su comportamiento anterior.
-Venga, llora, desahógate….No pasa nada, mi niña… has sido víctima de un engaño, pero afortunadamente no ha pasado nada malo…  Olvídate del dinero. Eso tiene arreglo. ¿Te imaginas lo que hubiera pasado si llegas a ir sola?

Ahora Rocío lloraba a lágrima viva.
-Mamá me va a regañar…
-No hija, no… tu madre se ha quedado tan asustada como tú. ¿Sabes el peligro que podías haber corrido, tú sola allí?
Alicia consolaba a su nieta. La niña acababa de llevarse un desengaño, que afortunadamente, no tendría peores consecuencias. Todo quedaba en un mal susto.
-Tu madre también hizo de las suyas cuando tenía tu edad, no te creas…

Rocío cambió el gesto.
-¿Ves? Ya te ríes. Eso es lo que yo quería…
Rocío se secó las lágrimas. No quería molestar a su abuela, con sus llantos, mientras ella estaba enferma.

-abuela….
Rocío se le echó al cuello. Alicia la abrazó.

-¡Ayyy! Mi niña…. Que ya te queda poco para ser una mujer…
-¡Que ya lo soy, abuela! Ya soy casi mayor de edad. Verás cuando tenga dieciocho años, no me va a mandar nadie...y voy a hacer lo que me dé la gana.
Alicia rió con una sonora carcajada.
-Ja, ja… ay, mi niña… eso mismo me decía tu madre cuando tenía tu edad… o un poco más grande.
-¿Mamá?

-Si. La misma que viste y calza. Y peor, porque en aquella época con dieciocho años todavía eras menor de edad.
-¿Si, abuela?
-Pues sí. Antes, la mayoría de edad de las mujeres era con 23 años.  
-Pues vaya rollo… yo estoy deseando serlo, ya verás.

-Ay, mi amor-rió Alicia-. Uno no es mayor cuando lo dice  la Ley…
Rocío la miro, extrañada.
-… sino cuando lo dice la vida.

Rocío se paró a escuchar lo que decía su abuela.

-Cuando tu madre era pequeña, la mayoría de edad de las mujeres era con 23 años. Y la de los hombres, con 21.
-¡Anda! ¡Menuda cara! ¿Y eso por qué?

-Pues porque por aquel entonces las mujeres estábamos consideradas de otra manera, que los hombres, desde el punto de vista legal.
-¿Si?
-Si, hija, sí. Así era antes.

-Pero eso es injusto, abuela. ¿Y no os quejabais?
Alicia rió ante las ocurrencias de su nieta. Que si no se quejaban, decía…

-Claro que nos quejábamos, sobre todo yo. Aunque no te creas, que había mujeres muy sumisas que les parecía bien todo aquello y aceptaban esas cosas. Pero yo me rebelé desde que tuve uso de razón. Cuando vine a España, a mis dieciocho años, ya me sentía constreñida por todas esas leyes que nos recortaban libertades por todos lados. Ahora, tienes una Constitución, ¿Verdad, Rocío? ¿Y te acuerdas qué te dice?

-Pues…. Que los hombres y las mujeres somos iguales, ¿No? Pero eso no es verdad, abuela. Siempre que en clase hay que limpiar algo, el profesor nos manda a las chicas a hacerlo. A los chicos, ni uno.

-Ja, ja, ja… Ay, mi niña… si todos los problemas fueran esos. 

-Ahora tienes unas leyes que garantizan que los hombres y las mujeres sean tratados por igual, pero en mi generación, no era así. Las cosas empezaron a cambiar cuando tú naciste, en los 70.
-¿Si, abuela? ¿Y cómo?

-Sí. Un grupo de mujeres… madre mía, parece que fue ayer… lo que costó.
-¿Era ese Congreso del que me hablaste el otro día?
-Así es. El CONGRESO DE MUJERES JURISTAS…,

-¿Cuándo Miguel era pequeño?
-Ay, mi niño… sí, tu tío Miguel había nacido un año antes, cuando yo estaba preparando todo. Yo me había comprometido a organizar el CONGRESO, y estaba en mitad de todos los preparativos cuando él vino al mundo.

-¿Y qué pasó abuela? ¿qué pasaba en tus tiempos”, con las leyes de las mujeres?
-¡La madre que te trajo!…. ¿Cómo que en mis tiempos? ¡Ni que tu abuela  fuera  del Pleistoceno…!
-Bueno, abuela… que es de broma- Rocío se sonrojó.

-Ay… -Alicia recordaba-…. Recuerdo cuando estudiaba el Código Civil, aún era una estudiante, sí, pero me parecía tan tremendamente injusto… Me decía a mí misma que eso no podía seguir así, que algún día tenía que cambiar. Se me metió aquello entre ceja y ceja. Recuerdo las charlas con tu abuelo, lo que le hablaba sobre eso, al pobre, y él no hacía más que darme la razón. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Alicia recordó con una sonrisa su época de estudiante, sus repasos del Código Civil con Ana en brazos, y Álvaro repasando con ella, en Salamanca.


- La situación de la mujer era la que te cuento, muy mal, tanto dentro de la familia, como en la esfera pública. Había artículos, (el 1.263, me acuerdo perfectamente), que situaban a la mujer casada entre los menores, los locos o dementes y los sordomudos que no sabían leer ni escribir. El artículo 57 obligaba a la mujer a obedecer al marido y la licencia marital era como su sombra para todos los actos de la vida. Sin licencia, prácticamente la mujer no podía ni hacer testamento. Sin licencia, la mujer no podía trabajar, ni cobrar su salario, ni ejercer el comercio, ni ocupar cargos, ni abrir cuentas corrientes en bancos, ni sacar su pasaporte, ni el carnet de conducir, etc. “

-¡Anda ya! ¡No me lo puedo creer, abuela!
-Pues créetelo. Tú tienes una cuenta en el banco, verdad?

-Sí, abuela, pero no sé para qué, si no puedo sacar dinero.
-Mi niña… sí que puedes. Puedes, pero con la firma de tu madre, que es suya. Bueno, y la de tu abuelo, que fue quien te la abrió.

Alicia se enjugó una lágrima al recordar a Álvaro. El abuelo fue abriendo una cartilla de ahorros a todos sus nietos, según fueron llegando.

-Cuando tengas 18 años podrás ingresar y sacar dinero, al igual que abrirte todas las cuentas que quieras. Pero antes, una mujer casada no podía hacer eso sin pedirle permiso al marido, tuviera dieciocho años o cincuenta años. No podía hacer nada sin su consentimiento.
-¡¡Anda!! ¡¡Qué fuerte, abuela!!


-“Si una mujer contraía matrimonio con un extranjero perdía la nacionalidad española, y era considerada extranjera, aunque no saliese en su vida de España. Entonces se le extendía carta de residente y perdían eficacia sus estudios, no podía ser funcionaria y necesitaba permiso para trabajar. Sin licencia del marido ni siquiera  podía aceptar o repudiar herencias, aunque fuesen de sus padres, ni pedir su partición, ni ser albaceas, ni defenderse ante los tribunales (salvo juicio criminal) ni defender sus bienes propios, ni vender o hipotecar estos bienes, ni disponer de los gananciales más que para hacer la compra diaria, aunque procedieran los gananciales de su sueldo o salario... No tenía la patria potestad sobre los hijos hasta que muriese el padre, e incluso hasta el año 70, él podía darlos en adopción sin consentimiento de la madre.”



-¡¡Jope, abuela!! ¡Eso es una injusticia!

-¡Imagínate! Pues en esa injusticia estábamos las mujeres de entonces. Todas, sin excepción. Las mujeres, primero dependían de su padre, y luego, al casarse, de su marido. No tenían ninguna capacidad jurídica. Todas tenían que someterse a la autoridad del marido. Hasta para irse de viaje le tenían que pedir permiso.

-¿Y si el marido no quería, abuela?

-¡Ah! ¡Ahí está la cuestión! Si tenías suerte, y tenías un buen marido, no tenías problema. Pero pobre de la desgraciada que se casara con un hombre que no la valorara como mujer, porque dependía enteramente de él. Anda que no tuve yo casos así cuando trabajaba como abogada. Pobres mujeres que me venían con sus asuntos, con sus bienes administrados de forma catastrófica por sus maridos. Familias en la ruina por culpa del mal hacer de los esposos con dinero que no era suyo. Pero no podíamos hacer nada. Con la ley en la mano, no se podía hacer nada. Incluso algunos jueces me reconocían aparte que muchas situaciones eran injustas y que la razón estaba de nuestro lado, pero que la ley era la ley. Se me partía el alma al tratar esos casos, y sobre todo, al darle la contestación a esas pobres mujeres que acudían desesperadas a mi despacho. Ahí vi que si la ley no cambiaba, no había nada que hacer. La lucha no podía hacerse desde un despacho particular, sino desde más arriba.  Había que apuntar alto, muy alto.


-¿Y el abuelo también tenía que darte permiso a ti de todo lo que hacías?

-Claro, mi niña. Las leyes eran así y no había más remedio que acatarlas. Aunque tengo que decir que tu abuelo fue un hombre extraordinario, y siempre me firmó todo lo que me hizo falta. Él también pensaba que las mujeres tenían que tener independencia, jurídica y económica.

-¡Ah! ¡Pues menos mal que el abuelo era de los “guays”!... ¿Y qué pasó en el Congreso? cuando diste la conferencia?

-Ufff… es largo de contar….
-¡Cuéntamelo, abuela, porfa….!

Alicia vio el entusiasmo en los ojos de su nieta.
-Está bien, pero luego nos vamos a hacer la cena, ¿eh? Que va a venir tu madre y mira como estamos las dos, aquí hablando, y la casa sin barrer.
-Vale, abuela, pero  ¡cuéntamelo!
 -Bien…como te digo,  el Consejo fue un éxito rotundo.

-¿Sí?

-Así es. Yo pensaba que su repercusión se ceñiría a los ambientes jurídicos, pero no fue así. Salimos en toda la prensa nacional e internacional, tuvimos eco en todos los medios, y nos empezaron a solicitar para concertar entrevistas. Camilo, mi antiguo compañero, fue uno de los periodistas con los que hablé en su día, al igual que Francisco.

-¿Francisco, el amigo del abuelo? ¿El de la foto del  salón? ¿El que estuvo con el abuelo en Carabanchel, que luego tuvisteis aquí, en casa, hasta que encontró trabajo?
-El mismo.


-El consejo fue increíble. Vinieron delegaciones de 60 países, incluidas las de los países del Este. Los medios de comunicación se volcaron, pues en España era una novedad ver a tantas mujeres profesionales del Derecho juntas, todas con altos cargos y sobre todo las procedentes de los países del Telón de Acero, cuando todavía en España se consideraba que los comunistas formaban parte de las fuerzas del averno, y ahora los tenían ahí, en versión femenina. Decía la Vicepresidenta del Tribunal Supremo de Rusia: “Somos las vedetas”.

-Ja, ja… abuela…- Rocío reía, imaginándoselo.

-Como colofón, la presidenta de la Federación Internacional Ivonne Tolman Guillard, y yo, elevamos al Ministro de Justicia, escrito solicitando la liberación de una presa para celebrar el evento, gracia que nos fue concedida.

-¡Anda, mira que bien, os hicieron caso!- Rocío estaba entusiasmada, metida de lleno en la historia.

-No se podía desaprovechar la ocasión, así que sin pérdida de tiempo, una compañera (Amalia Franco) y yo, creamos una Comisión de Estudios, que hicimos depender de la Federación Internacional. Nos auto nombramos, ella Vicepresidenta y yo Presidenta, e invitamos a las españolas asistentes al Consejo a inscribirse en ella. Lo hicieron once. Requisito indispensable era inscribirse en la Federación como miembro individual.
Y empezamos a funcionar. Formamos un dossier con las ponencias presentadas y las conclusiones obtenidas, que hicimos llegar a las autoridades pertinentes, pidiendo la reforma del Código, y audiencia para ser recibidas.


Alicia hizo una pausa en su discurso.
-Aún recuerdo las maratonianas sesiones de trabajo, redactando copias, borradores del dossier, informes, solicitudes, madre mía… había días que solamente dormía cuatro horas.  Estábamos extenuadas, pero veíamos que aquello había empezado a rodar, y no podíamos parar.


Tal y como le indicó Camilo, aquello no podía caer en saco roto. Alicia y sus colegas de profesión no desaprovecharon la oportunidad.


-Nos empezaron a solicitar de diversos medios, dimos entrevistas, conferencias, ciclos, mesas redondas, etc. Así manteníamos el clima pro reforma, siempre apoyadas por los medios de comunicación, que ya nunca nos abandonaron.
Con esta Comisión funcionamos dos años, hasta que fundé con los miembros de la misma la Asociación Española de Mujeres Juristas, la cual se hizo cargo de sus funciones.
El primer acuerdo tomado fue solicitar del Ministro de Justicia, la entrada de la mujer en la Comisión General de Codificación para tomar parte en los estudios de la reforma, que ya se anunciaba.
Después de varias vicisitudes entramos cuatro.

-¿Tú, abuela? ¿Para cambiar las leyes?
-Sí, mi niña. Yo y otras tres compañeras. Queríamos cambiar los artículos que afectaban  a las mujeres.

-Sigue… sigue contando…
- Bueno, pues desde allí pude participar en todos los estudios pro reforma, que dieron como resultado la Ley de 2 de mayo de 1975.


-Anda, yo tenía ya cuatro años, ¿no?

-Sí. Y tu tío Miguel ya tenía seis, camino de siete. Mi niño…. Qué poco lo vi cuando era pequeño. Prácticamente lo crió la tía Mati, y la abuela Marcela… yo lo veía de noche, cuando llegaba a casa, y él estaba ya dormido. Recuerdo que entraba a darle un beso y a cambiarle el osito de peluche de lado.
Rocío acarició el osito recosido que estaba ante ella. Ahora resultaba que el oso había visto crecer a media generación de Iniestas.


-Fue esta Ley de 1975 la que al borrar gran número de discriminaciones dejó el camino libre para luchar sin cortapisas por: la administración conjunta de los gananciales y el ejercicio, por ambos padres, de la patria potestad. Esta segunda reforma junto con las distintas clases de matrimonio y el divorcio, fue recogida por las Leyes de 13 de mayo y 7 de julio de 1981, con lo que la igualdad jurídica entre hombre y mujer quedó lograda.


-¡¡Ah!! ¡¡Anda!! ¡¡No me lo puedo creer, qué fuerte!!

Rocío estaba boquiabierta. Nunca hubiera imaginado que su abuela hubiera hecho eso. En pocos días había descubierto que su abuelo había sido una eminencia en Derecho Romano, su tío iba camino de ello, y ahora, muchas de las libertades que tenía como mujer, se las debía a su abuela.

-¿Y saliste en la tele? ¿Y en los periódicos? ¿ y tienes fotos?

-Claro, mi niña. Tengo todos los recortes de prensa y los dossiers en una carpeta, allí en el despacho….
-¿Podemos verlos, abuela? Porfa… enséñamelos….

El entusiasmo de Rocío era contagioso. Su abuela parecía que revivía al ver a su nieta tan metida en la historia que le estaba contando.
-Ja, ja, ja… lo que tú quieras mi vida. Anda… vamos…. Anda, vamos, te contaré como fue el día que…


Fin del capítulo.
Continuará…


NOTA: los acontecimientos narrados en los capítulos 43, 44 y 46,  están basados en hechos reales.
He puesto en boca de Alicia los mismos acontecimientos que vivió Dª María Telo Núñez, abogada, y artífice de los cambios legales descritos en los capítulos 43, 44 y 46 de éste relato. La letra en cursiva son palabras literales suyas, de su discurso de investidura como doctora.

En Junio de 2.008,  Dª María Telo Núñez fue nombrada Doctora Honoris Causa por la Universidad de Salamanca, ciudad en la que se licenció, por su contribución legal a favor de la igualdad de la mujer.
Con todo el respeto, y como homenaje a ella.

Fuentes:
(ABC-18/1/199-8)

Cita: Ludwig van Beethoven (1770-1827) .Compositor y músico alemán.